Una Mirada Al Pasado: El Éter Cósmico
Agosto 22, 2007 — Juan JoséHacia finales del siglo XVIII, con el descubrimiento de la naturaleza ondulatoria de la luz, se pensó que así como las ondas sonoras necesitan de un medio, el aire, para propagarse, también las ondas luminosas se transmitirían gracias a un medio que fue denominado “eter cósmico”.
Como nadie había logrado demostrar su existencia, se le atribuía propiedades excepcionales: llena todo el espacio, es absolutamente transparente a la vista, carente de peso y de roce, condición esta última necesaria porque, de lo contrario, los cuerpos celestes habrían sufrido impedimentos al moverse a través del eter.
Correspondió al genio de Einstein “tirar por la ventana al viejo y superado éter”, como escribió el físico George Gamow, y sustituirlo con el concepto más amplio de campo electromagnético, al cual atribuyó una realidad física. La luz, como las otras radiaciones del espectro, no es otra cosa que una vibración del campo electromagnético y no hay necesidad de recurrir a ningún medio para explicar su propagación.

Albert Einstein
La palabra éter ha permanecido, sin embargo, en uso. Aún hoy se suele leer, por ejemplo, transmisiones por cable y transmisiones por éter: se trata de un uso inadecuado, útil sólo para distinguir dos tipos diferentes de canalización de una señal.
[...] Para explicar los fenómenos químicos se han supuesto divididas las substancias en partículas minúsculas, pero dotadas de determinado peso y determinado volumen. Para explicar ciertos fenómenos físicos los hombres de ciencia han debido recurrir a la hipótesis de una sustancia, más fina todavía que las partículas químicas, imponderable, que está esparcida por todo el universo, penetra en todos los cuerpos, atraviesa las paredes de vidrio, etc.; la llaman eter vibrante o eter cósmico y sirve de vehículo a los más importantes fenómenos físicos: eléctricos, ópticos, etc. Cuando se recuerda que la luz solar para llegar a la tierra recorre el espacio con una velocidad de 300000 km por segundo, atravesando regiones desprovistas de aire y de toda otra clase de materia ponderable, no se puede concebir semejante transmisión rapidísima de la luz sin la hipótesis de la existencia del eter vibrante, difundido por todo el universo, y del cual se hallan impregnados los cuerpos. [...]
Química general y aplicada a la industria, Hector Molinari
